Ya no me estorba el ruido al crecer de la hierba,
la ruina manando en las fuentes,
ni el aletear de jilgueros que enturbian las venas.
Que haciendo leña de patas de cama y timones,
espanto a todas las culebras y remonto el río a traspiés…
Si las cuerdas del trapecio las corté,
fue para subir y atarlas y ver a la luna otra vez.
Y volverlas a cortar una y mil veces
y boquear como los peces cuando les toca perder.
Me desentraño y el eco suena en la despensa.
Yo sé que vendrá a desquitarse,
él sabe que me ha de encontrar por las mismas callejas
vendiendo tumbos, sin rumbo, coraje ni prisa,
vertiendo minutos de arena
y haciendo sendero al caer.
Y el trapecio me regala calderilla
para verme de rodillas, pero no le rezaré.
De las mechas que ha prendido en la penumbra,
soy la que menos alumbra y es que nunca quise ver…
Y cuando me araña las tripas,
la zarza de pena que escondo,
me mezco un ratito en el ancla
que lastra mi vida y que no llega al fondo.
Poco me importa, quizás despojarme del cieno
que me habita entre las orejas.
Si acaso ensuciarme el regazo al parar si se va.
Todo a la mierda, reírme entre los lamparones,
y que la humanidad entera mañana se muera y de igual.
No quiero ser más que el esqueleto de lo que he sido,
que cuenta al oído su penar.
Sólo el murmurar de los cimientos enloquecidos,
que nadie ha podido desflorar.
